Sunday, October 26, 2008

La fuga de Leandro

Lia explora el concepto del ancho mundo de "afuera", la acción de "irse", y la realidad de los jóvenes de la isla.

Lo reproduzco, en su totalidad:

Leandro's Fuga, por Lia.

A veces nos despegamos de lo que sentimos en el mismo momento que pasan las cosas que nos afectan emocionalmente para tomar distancia, enfriarnos un poco la cabeza y dejar que las tres agujas cronométricas corran hasta calmar la ansiedad primera, la irracional.
Cuando alguien cercano se va, solemos los que permanecemos y ya no nos quedó otra que acostumbrarnos a ese abandono repentino apenas anunciado, angustiarnos en la posiblidad más inmediata que se nos ofrece de no poder ver a la persona al menos en un tiempo prolongado, diríase infinito o casi.
O bien no tomar partido de cerca: no asistir a despedidas y hacer como si más bien se fuera de guerrilla a otra provincia o algo por el estilo.
A los que ya estamos habituados a ser los que nos quedamos, la simple idea de visualizar la propia partida nos aterra. Sufrimos las consecuencias de mantener a duras penas la amistad sólo vía virtual cuando podemos conectarnos. Y por supuesto la renovación de amigos que casi nunca duran tanto es continua y cíclica y eterna.
Una carta de invitación, un permiso de salida, un pasaporte hecho. Y listo, la asociación directa con la pérdida de amigos -nadie puede asegurar si para siempre- es inevitable.
La cosa pareciera simple: los amigos están ahí afuera, y esperan por ti de algún modo, a que te decidas de una vez a romper lazos con la malagradecida isla, que por demás es lo único que has visto, como un show de Truman no ficticio.
El primer viaje, las primeras experiencias en el mundo exterior, son alentadoras en boca de los que regresan para hacernos el cuento, para ilustrarnos la evidente diferencia, la abismal diferente realidad de allá afuera en nuestro despoblado y caótico imaginario, desprovisto de visiones que alcanzan el primer mundo, o el segundo o incluso un tercero menos surrealista, que se agradecería llegar a ser en un futuro remoto.
Outhere, otherside. Palabras con un sentido oculto. Gran misterio.
Qué nos detiene, o mejor, por qué hay algo que nos detiene.
Para un cubano el mundo representa quizás la inmensidad triplicada que para cualquier otra persona.
No podemos molestarnos porque mañana se vaya el que menos imaginábamos sin avisarnos con antelación, sin prepararnos de antemano, sin decirnos nadita por puro miedo a que el viaje se le caiga...
Al final la tristeza será más fuerte y acabará comiéndonos por una pata como siempre, porque resulta tan difícil de resistir como una rubia vestida de rojo en medio de la calle en una noche solitaria, o un libro de Bataille abandonado en el mostrador de una tienda y al alcance de la mano.
Hay que sobreponerse una-vez-más y seguir escribiendo mails aunque no los respondan en su mayoría, o sí pero demasiado escuetamente para nuestro gusto.
Persistir e insistir en la conexión para no demolernos tanto el alma de nostalgia avasalladora.
At last el cubano es bien patético a la medida de la isla misma y su maldita circunstancia nos es otorgada desde que nacemos. Un patetismo sólido y sin mucho desgarramiento. Sólo el justo para resistir y seguir mirando a la frustración a la cara, al inmediato horror de frente: la nada es la peor de las pesadillas que nos ha sido dada a conocer; la futura incertidumbre ante nuestros ojos-demasiado-abiertos y no la carencia material, la falta de electricidad, de ropa o de alimentos que siempre ha estado pisándonos los talones.
Lo que viene delante es más terrible que lo que se puede dejar atrás.
Y los amigos perdidos nunca van a poder ser reemplazados como un monitor fundido o cepillo de dientes: por eso lo que más encabrona es que aquí estas cosas puedan sin dificultad ser comparables al tiempo relativo de vida de una amistad.
Porque por lo general no duran mucho ni puedes obligarte a conservarlos (ya que no depende enteramente de ti).
Los tiranosaurios sí.
Ahí siguen y perduran.
El mayor deseo de un pueblo dicho en voz alta al unísono debiera ser infaliblemente cumplido como por arte de magia. Desafortunadamente el hechizamiento hay que inventárselo, a la par que la propia supervivencia.
Pero otra de las cosas legadas al nacer en tierra ocupada por locos militares de remate, es el descreimiento, la certeza antes del hecho.
Las canciones de la Trova Tradicional eran románticamente pesimistas.
Asumían la pérdida y la desesperanza por ley.
Así, Veinte años de la Maria Teresa Vera es un clásico ejemplo: qué importa si ya no se puede hacer nada.
Esa misma es nuestra posición ante un amigo que se va.
Y es lástima que el cruzamiento de brazos sea la principal postura que acogemos a la menor oportunidad, en las disímiles situaciones.
No podemos juzgar a nadie de querer irse: en cualquier caso es lo más aconsejable.
(Aunque muchos acuñen el término valentía al suplicio de quedarmos, pienso que por lo general es más estupidez que nada, y un hecho de por sí bastante mierdero; a la larga por supuesto te vas dando cuenta y recapacitas o no.)
Como tampoco deberíamos únicamente conforrmarnos, en niguna circunstancia.
Y sentirnos dolidos es la respuesta más fácil. Encarar al dolor y tragarlo cuesta caro.
"Me voy cobardemente", le decía el Lean a Claudio días antes de irse todo lo cautelosamente que pudo.
Con toda la aprehensión del novato virgen o la paloma cautiva de pronto liberada.
Y Claudio lo entendió y apoyó, qué otra cosa si no iba a hacer como su amigo!
Más un país que no tuvo tiempo de conocer siquiera, con sus apenas 22 años cumplidos -Claudio carga 33 y se visualiza fácilmente con 90 balanceando su sillón y rememorando con Gorki los "tiempos duros" en el portal de su casa. Esto es hasta la muerte, le dice al Gorki cada vez que se despiden.

Au revoir, pues, hasta más ver, o hasta nunca, amigos lejanos!
Aunque nunca-es-tarde-si-la-dicha-es-buena, y nadie sabe... el futuro puede ser incierto pero no por eso menos favorable.

Leandro lleva la mirada pretenciosa de los jóvenes que sí quieren llegar a hacer algo o ser alguien en sus vidas, alcanzar un propósito y luchar por alcanzarlo.
Esas ganas de vida y de capturar el arte con obturador y manos, son sólo alentables y realizables lejos de esta burbuja que no va a ninguna parte ni se explota de una vez.
Al Lean lo recordaremos todo el tiempo en cada lugar afín, y si no nos viéramos más, cosa imprecisa sin remedio, seríamos (los amigos-que-deja-en-Cuba) como la canción del Bola que tanto le gustaba, Vete de mí: "seré en tu vida lo mejor de la neblina del ayer cuando me llegues a olvidar, como es mejor el verso aquel que no podemos recordar".