Thursday, October 16, 2008

21 imposibilidades de la literatura cubana

REFLEXXIONES
(e-VANGELIO CUBANO DEL 21):
21 imposibilidades de la literatura cubana
Orlando Luis Pardo Lazo
(plagiado del e-zine de escritura irregular THE REVOLUTION EVENING POST episodio 4)

I. Narrar la muerte de Fidel. Aunque sea muy tarde, aunque se haya perdido la novedad. Narrar ese desfasaje, ese anacronismo, esa torpeza taimada de la literatura nacional: corpus texti poco dado al magnicidio como solución dramática, y que elude las representaciones míticas o realistas de la figura de Fidel, vivo o muerto o inmortal (el Código Penal cubano es mucho más creativo al respecto). No habrá siglo XXI de adultos sin antes narrar esta patata política (el siglo XX de niños ya lo conocimos: se llamó "literatura de la revolución"). Narrar este deceso es un tour de forceps, un ejercicio de seso para iniciarnos en los ritos y retos de la excritura: el oficio más contrarrevolucionario del mundo.

II. La pinga. Narrar honestamente la pinga, su belleza y su libertad. También los usos represivos de donde mana todo su horror. Narrar cómo los culos cubanos han competido deslealmente por la clemencia de una pinga bajo ese sol inclemente del mundillo moral: un mural o morral donde cabe todo. Narrar cómo nos han escamoteado la pinga desde el kindergarten hasta el seminario, para ganancia de suicidas y orates (sobran tantos ejemplos como los que faltan aún). Narrar por qué nadie en los siglos anteriores al XXI supo narrar esta falofobia con honestidad, en toda su subversiva belleza y su furibunda libertad. En todo su hipócrita horror.

III. La invasión norteamericana o el timo que nunca fue. Narrar la mediocridad sucesiva de dos ocupaciones militares que, en términos de civilitud, pudieron rendir mucho más (1898 y 1906). Narrar el rentabilísimo entusiasmo nacional que acarrearon ambas en tanto ocupación Made in USA. Narrar la rentabilísima frustración nacional que aún acarrean ambas en tanto amenaza de ocupación Made in USA. Narrar la idea de la anexión como el equilibrio entre una cámara de gas letal y un balón de oxígeno en terapia intensiva. Nuestro siglo XXI comenzará con la puertorriquización de la Repusblica de las Letras Cubanas, hasta ahora siempre varada en insularismos integristas, diásporas disidentes, y otras cacharrosas cursilerías.

IV. Narrar América. La América de verdad, el continente glamoroso y capitalesquizo: un oasis imaginario llamado North Park. Narrar su geografía de derechas como fuente de derechos y desarrollo autorial. Narrar su descubrimiento de lo lejos que puede llevarnos el demoniaco-democrático acto de narrar (incluso narrar en el mar). Narrar por qué no ha habido literatura más anti-americana que la literatura Hecha en Casa. Narrar cómo en el siglo XX Cuba no quiso enterarse de la América de élite. Narrar cómo La Habana barbada quiso afeitar al resto de América con la bobería mágico-guerrillera de una izquierda sin cuerda. Nuestro siglo XXI será un corte reaccionario al respecto o será sólo otra mordaza (ini)secular iletrada.

V. La mierda. Narrar la mierda mierderamente. Narrar el metamojón flotante en la charca caribe con todas sus hediondeces estéticas, tan estáticas. Narrar sin kitsch. Sin complejo de culpa. Sin compromisos ni comentarios. Sin seguridad (del Estado o de Dios). Sin quijotismo ni quórum. Sin columnas ni reflexxiones. Sin halar la cadenita del water-closet (ya ni siquiera es necesario salir salir del closet: escondidos allí dentro podemos usar un control remoto para cliquear nuestros posts). Narrar a pepe timbales. Narrar sin narrar las inodoras heces del siglo XX: comemierdurías idiotópicas y demás solidaridades de obligatorio cumplimiento. Narrar mierderamente la mierda como tarea de choque para inaugurar el panteón pétreo-pútreo-patrio de nuestro sickglo XXI.

VI. Dios. Narrar el beri-beri de Dios que osteoporiza cualquier noción religiosa en esta nación. Narrar nuestra fatua fosilización de la fe. Narrar la pacatería del cuerpo y la ignorancia del cadáver que incuba: en Cuba nadie sabe narrar la muerte, sólo su odiosa ejemplaridad para martirizar al que no murió. Narrar los iconos desacralizados por la ideología y los quinqueniatos macro-económicos que en principio nacionalizaron al Verbo. Narrar la complicidad campechana entre el Departamento de Asuntos Religiosos y un clero escleróticamente alegre, profano practicante de la gaya ciencia. Narrar el clown cubano de Dios, en medio de los grandes relatos enfermizamente esperanzadores que son la base simbólica de este clowntry. Narrar las mutaciones cariotípicas de nuestro altar sincrético, pura aberración genética-popular. Narrar el Down cubano de Dios.

VII. Narrar nuestra cromosómica imposibilidad de pensar, de estructurar algún discurso privado. Un siglo XXI sería narrar esa incapacidad de narrarnos a nosotros mismos: más allá de la estadística pública, aburrida al punto de lo criminal, y más acá de esa maniíta de las instituciones de pensarlo todo primero. Narrar las grietas por donde presumible y presumidamente podríamos empezar a pensar (este párrafo, por ejemplo: penetrabilidad de la p).

VIII. Narrar la madre cubana. Narrar su despotismo mimético desdoblado de la maquinita paternal del Estado. Narrar el papel clave de la madre en la infantilización de la ciudadanía y el abatimiento volitivo de cada generación. Narrar su célibe sumisión ante el machito cubano, su atareada mediocridad no tan doméstica como domesticada. Narrar el energúmeno arte de concebir postales de flores para que circulen cada segundo domingo de mayo. Narrar los recalcitrantes cánceres que se apropian de tetas y ovarios maternos cuando ya es demasiado tarde para la cirugía, la quimioterapia, los anticuerpos monoclonales Made in Cuba, el noni, el meao de gato o la radiación. Narrar la intolerable poesía en octosílabos mongos que inspira cualquier madre cubana al morir. Y narrar el descomunal Edipo grecocubano de sus hijitos, verdadero ejército de pendejudos nostálgicos que pasan de la madre a la mujer a la hijita como un batón de atletismo: crueles masturbadores entre la misoginia y lo maricón. Sin una narración desmadrada de la madre cubana, nuestro siglo XXI será tan decimonónico como el XX que aún no se va.

IX. Narrar la utopía. En el siglo XXI habrá que seguir dándole cranque al relato lato de la utopía tupida. La utopía como carnada, trampita demoledora de carne. La utopía como bluff, como pompa fúnebre de jabón, como rebuzno o siniestra coz (acaso una hoz). La utopía en tanto motor de arranque y de arrancar cabezas, gen promiscuo o virus ideocefálico de alta infectividad. Y efectividad. La utopía como vertedero abandonado excepto por sus guardianes y presos. La utopía en tanto paraparaíso de reconcentración, laboratorio clínico de la esputopía. Un siglo XXI sin este tópico típico, será automáticamente un víctima naif.

X. Narrar el amor cubano (valga el oxímoron).

XI. Narrar lo que Cuba Socialipsista le ha hecho al concepto mismo de televisión. Hasta dónde lo ha colimado. Y limado. Narrar lo más espectacular de este fenómeno de feria: ciertos gestos televisivos de los años cincuenta que, medio siglo después, aún se infiltran como tics espías en nuestra TV de los años Cero (TVC), agrietando la homogeneidad luctuosa de su impropio discurso pedagodisciplinario y puericultural. Narrar menos textos de autor y más imágenes colectivas: el siglo XXI como un guión amorfo sin editar (un guiñol de guerra para guiñapos poscomunitados).

XII. narrar el fútbol como deporte nacional de e-mergencia. como alternativa beisboliana de las américas. todo en minúsculas. como derrota que ponga bien en bajo el nombre de cuba en las olimpiadas de seúl 2088 (o, aún más delicioso, en la hipocondriaca hipótesis de que nuestra patria clasifique para un copa mundial de la fifa). narrar la reacción del fifo, su visión apócrifa del fútbol como rezago empresarial del capitalismito cubano del siglo xx: como disidencia al popularismo del béisbol y como cancha individualista del xxi. narrar el fútbol desde la etimología posliberal de sus sílabas: fút-bol (la pelota del fut-uro, el fút-il deporte que tal vez nadie en Cuba protagonizará).

XIII. China. Narrar en China. Ninguna mueca radical de la escritura cubanesca será comprensible fuera de esta murallita connatural. Si nuestra literatura de masas (o de morralla) no funciona como garabato chinesco, entonces ya está más arcaica que los 1959 tomos de la discursografía política de este país. Narrar China como shortcut: la vía más corta del capitalismo de estado a un estado de capitalismo. Narrar China como esas Grandes Alamedas por donde pasará La Glam Marcha De Los Gorriones Resucitados (Todo En Mayúsculas). Narrar ficciones cantón-paranoicas y mandarín-histéricas y esquizo-pekinesas para aterrar al literartazgo local: desde el siglo XX tan en aplausos y ovaciones sumido, tan inercial al punto de la analfabetosis. Narrar un set de preguntas de pasillo para que circulen como misterios de ministerio, en clave de complot confuciano entre coleguitas: "¿existe la literatura china?", por ejemplo. O aún mucho mejor: "¿existe la literatura, china?"

XIV. Narrar los titulares de la prensa plana cubana, catálogo de vertiginosas violencias para vulgarizar al lector, simplificándolo a un código dicotómico de ceros y unos: todo o nada, blanco o negro, a favor o en contra, sí o no, etcétera o aretècte. Narrar cómo en algún resquicio de esas líneas al rojo vivo reside el verdadero arte de la narración. Narrar por qué sabe más de literatura un perito de periódico oficial cubano, que los mil y un estúpidos ensayistas estetas que casi diluyen la pulpa veintiunochesca de nuestra próxima ficción.

XV. Narrar el metro de La Habana. Ese túnel hacia ninguna parte, no tanto pozo ciego como puzzle sin solución. Narrarlo como un vaso comunicante o un poro de diálisis: ósmosis entre la nada histórica y el vacío existrencial. Narrarlo como un puente entre diastemas irreconciliables. O como la protesita dental que se moldea en papier-mâché, no con fines de lucro sino luctuoSOS. Narrar el metro en tanto subterfugio antes que subterráneo, metralla subversiva antes que suburbana. Y narrarlo con toda su parafernalia de situaciones anómalas y personajillos limítrofes: barbarie superpolítica que ningún Premio Nacional de Literatura tendrá cojones ni ovarios para narrar.

XVI. Narrar cubitas al margen. La Cuba de Raúl, por ejemplo. O la Cuba de Chávez. O la de Eusebio Leal. O Lage. O Lazo. O la Cuba de Cartman o de Saddam Hussein. Un siglo XXI es narrar cubitas a pie de página, cubitas entrelíneas en pleno crepúsculo de la post-revolución: cubitas con el trademark de The Revolution Evening Post (TREP, trepanación trepidante de la tripa transnacional). Narrar todas esas crónicas cubitas ucrónicas que, en cada jirón de la historia, algún imbécil perdió. Narrar el debris cubano, lo que ya venía pero nunca se vino: tendencia a eyacubar fast-delivery medio siglo antes de nuestro tiempo. Narrar la abortada Boarding Cuba de Guillermo Rosales. Narrarla como un exodoncista en serie, sin anestesia ni amnesia. Sin muelas cordiales ni cordales. A pura encía, lengua, saliva y paladar. Narrar el derecho al pataleo de la derecha cubana. Y narrarlo todo hemorrágicamente en un descoagulado hezpañol.

XVII. La muerte. Narrar los inconcebibles vericuentos con los que el cubano escamotea su propia muerte. Narrar ese pánico pacato, que lo obliga a mentir endémicamente al respecto. Narrar la inmortalidad inverosímil que se inventa el Estado a falta de un Evangelio mejor. Narrar la vulgar fealdad funeraria de toda muerte cubana, incluidas la de mayor necrojerarquía. Narrar la sublimación con que se narran nuestras muertecitas de mierda, desde los aborígenes achicharrados hasta los decapitasílabos rimados en modo imperativo en nuestro himno nacional. Narrar técnicas de resistencia para sobremorir a la cubapnea del siglo XX. Narrar la resurreción de la muerte cubana en el XXI.

XVIII. Narrar el segundo cubano en el cosmos (en la penúltima década del XXI). Narrar cómo tendrá que ser, para equilibrio interno del macrorrelato, un cubano de raza blanca, nacido y criado en la capital, preferiblemente una Dama con su vestidito blanco de miembra activa de nuestra incipiente sociedad civil (ese invento insipiente de los militares). Narrar chistes sexuales arquetípicos de una cubana en el cosmos: lo que rompe por bruta y lo que descubre por puta. Narrar si esparció fango cubano en el espacio o las cenizas fósiles de alguna heroína de la feminisklatura oficial. Narrar una serie televisiva que narre todo este epos caósmico. Narrar los titulares de la prensa plana que durante meses narrarán cada detalle simbólico sin importancia sideral. Narrar un plebiscito finisecular (en la última década del XXI) sobre la pertinencia de narrar a un tercer cubano en el cosmos.

XIX. Narrar la Seguridad (del Estado, se sobreentiende), único organelo vivo del rompecabezas social revolucubano. Narrar su motivación en medio de un clima no tan apático como apátrico. Narrar su capacidad de prestar atención en medio de la indolencia generalizada y lo críptico de esta época. Narrar cómo sus agentes narran microficciones cínicas, que luego se amplifican hasta crear el consenso crítico para la gobernabilidad de este país. Narrar cómo esos rumores y cíbercomentarios son los núcleos narrativos que tiñen de sobreentendido cada frase y cada gesto cubano, por más que parezcan ser de origen espontáneo o incluso contestatario. Narrar el clandestinaje como el grado cero de una escritura en libertad (estas mismas reflexxiones serían parte de esa liverdad o liberatura: freescritura). Narrar a la Seguridad del Estado en Cuba como el germen protosintáctico de nuestra sigloveintiúmnidad: flogisto que arde en todo pueblo como garantía inconsciente del día después, por más desdentado que ese día sea.

XX. El bollo. Narrar los sensacionales bollos que se han bebido todo el veneno caricaturesco de la historieta venérea de este país. Narrar los bollos fundamentalistas que han cimentado (o sementado) los necios pilares de la nación. Narrar los reverendos bollazos que se masturbaron con una tea para atizar a alguna tropita antes de cargar al machete. Narrar los bollos menopáusicos que igual menstruaron píamente contra el palito acribillado a plomazos del paredón. Narrar esos bolletes de hímenes heroicos, zurcidos a mano para que el siguiente cliente pagara por poder volverlo a partir. Narrar la bollocracia ideológica de una izquierda machorra y los electrodos con que republicanamente se les hurgaba allí dentro, hasta extraerles o extirparles el orgasmo de una confesión. Narrar la indetenible práctica del tatuaje peribollal como una de las bellas artes. Narrar el vis-à-vis de nuestro bollo-versus-bollo como una adaptación biológica para no deshidratarse en la canícula falocéntrica local: estrategia lesbocactácea de estricto acatamiento bajo este clima. Y narrar la ignorancia e ignominia del cubano medio en términos de bolliscencia. Sin narrar estos biopics del bollo criollo, nunca gozaremos de una despingoscritura que desvirgue al siglo XXI literárido nacional.

XXI. No narrar. En última instancia, narrar nuestro deber innato de no narrar ningún siglo XXI cubano. Nuestro derecho decúbito a ejercer el arte del desastre: newrrativa de la norración. Narrar como Sénecas provincianos o tal vez sanacos en web, desde un asco mitad orate y mitad sweetsida: "Narres lo que narres, te arrepentirás".


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Publicado por Orlando Luis Pardo Lazo para Lunes de Post-Revolución el 10/16/2008 12:48:00 PM