Saturday, September 20, 2008

Pronostico Horario, o Nosotras las durmientes (fragmentos)


Mas de Lia....

How does it feel
to be without a home
Like a complete unknown...
Bob Dylan

hora blanka
Mantener la horizontalidad. Aspirinas de dos en dos a lo largo de la tarde, cuando hayamos despertado, y levantemos – logremos- nuestros cuerpos y ánimos y adoptemos una posición más vertical, necesaria apenas, una perspectiva enderezadapenas, para nuestras vidas resaqueadasss, rutinariasss. Acomodarse luego un poco el pelo dentro de cualquier cosa de color preferentemente oscuro para evitarnos la jodedera de estar combinadas y un carajo. Las extravagancias quedan mejor estando sobriassss. Nítidasss y no borrosasss como después de tanto vodka, whisky, cerveza caliente. Gafas. Imprescindibles. Bien oscuras, o rojas, salvadoras de la cruel luz del sol… oh2oh2oh. Sobre todo desechar ideas tan gastadas e inútiles como las de alguien-ha-intentado-taladrarnos-el cráneo-durante-el-sueño, o peor, ratones-perdidos-queriendo-anidar-en-los-rincones-allá-arriba. Odiamos eso. De verdad. Y atrapar cierta calma en una tacita de café humeante para cuando nos, no, te de por demostrar tan a tu manera magistral ese egoísmo autista que te sale en las mañanas, pero incluso se extiende en tardes así, esa manía caprichosa que se te agudiza y tiende a hacerte insoportable, estoy siendo eufemística. A mayor grado de alcohol mezclado en sangre, y menor tiempo de sueño, ecuación fatal para nosotrasss, animalitos de almohada, ahuyentadoras de cualquier luz matinal. Bichos de las sombras, las luces a medias. Enemigas del Día. Blanco. Sin matices. Ventanas-reflejos escapando entrecruzadas por el techo. Alejadas de las calles asoleadas, el viento de mar durmiéndonos con las notas de esos tubitos de metal que cuelgan de tu lámpara. Y también un poco de frío, a veces, menos debajo del edredón. Cuando te muestras tan intencionadamente perversa es cuando más placer asoma a tus intensos, insondables pozos húmedos, léanse ojos negros. Lupas de la jerga. Autodestrucción contenida. La crueldad casi siempre es divertida, ¿verdad? Puede llegar a serlo mucho. De más. Tu propia habilidad para racionalizar tus malas acciones te hace creer que todo el mundo es tan amoral como tú. Bueno, está bien, retiro eso. Según D.C. es una especie de egoísmo profundo, casi autista. Aunque… Hay que reconocer después de todo que llevas tres días alimentándome, quién sabe con qué malignidades ocultas, y que te ves muy bonita con esas ropitas que te pones. Mua, blanka, beso telepático.


horalej
AAA. ¿Ves ese pomo verde allí? Pues estaba todo congelado, y el hielo ha ido bajando lentamente, haciendo ese sonido insoportable, tensionándome toda la tarde. Lo puse sobre la alfombra cuando llamaste. Y todo el tiempo ha sido mi reloj. Si hubiese más calor a lo mejor habrías venido más rápido, o yo me quedaba dormida antes, cuando viera el deshielo prematuro. Ahora puedes ver, todavía no, pero es bueno imaginarlo, que el hielo anda por la mitad del pomo, y que el agua lo cubre casi por completo, así que calculando a simple vista te has demorado más de cuatro horas, en realidad toda una eternidad, porque aún no llegaste y tengo que fabular todo esto en unas hojitas blancas de papel. Entretanto, mi tarde ha estado amenizada por pequeños esfuerzos necesarios: tuve que cargar la butaca de la sala para encaramarme en los dos brazos, y así, de puntillas y estirándome hasta la lámpara que cuelga del techo, darle vueltas como loca a los encendedores para que los tubos de luz fría acabaran de encender, en lo que me caían arriba par de las estrellitas incandescentes que pegué para la noche. Fue una tarea agobiante, créeme, tanto que tuve que dejar la butaca en el medio de la habitación, junto a la colchoneta, para sentarme y leer lo que me quedaba del libro que había encima del piano, abandonado por mí hacía algunos meses. Después, como me había acabado de levantar y vi que no eran más de los dos y media, fui hasta el comedor y nos serví un gran plato de arroz, pollo y ensalada de pepino, cebolla, tomate y zanahoria en tiritas, todo preparado por mi madre. Me comí la mitad y lo demás te lo dejé en la mesa al lado de la cama. Luego mi madre volvió a salir, o salió por primera vez, no puedo saberlo bien, y cuando regresó, tocó la puerta con un vaso de jugo de fruta bomba en las manos. Pensé dejártelo también y le agregué como tres cucharadas de azúcar, adivinando un poco. No, no lo puedes ver porque cuando llamaste de nuevo diciendo que no era nada seguro que pudieras venir, como efectivamente no hiciste, por la hora y otras cosas superfluas que no atendí ni entendí, me lo tomé a pesar del azúcar de un solo trago. Blablablar. Pero sin embargo el vaso vacío se quedó aquí encima de la otra alfombrita. Aprécialo, por favor. Ven acá. Tírate conmigo sobre la colchoneta para que experimentes a plenitud como se estremece toda la casa cuando pasan las guaguas y camiones por allá abajo. Antisísmico. Bien particular. Qué te parece.
Bueno, ya que hoy sí apareciste, y no de aparición, sino todo lo contrario, y más o menos, diferencias pequeñitas por aquí y por allá, todo es de alguna forma como lo escribí en la anterior parrafada, incluso íbamos del temblor del piso a los pomos de agua como un pronóstico peligrosamente acertado, porque pocas veces pasan las cosas como las pensamos pero una vez escritas es muy difícil que salgan de otra manera... Es la inevitabilidad. El maleficio –hechizo más bien, de la pluma. Y antes que nada te iba a enseñar lo escrito pero estimé preferible explicitarlo más dejando la libretica abierta, justo donde empezaba todo. ¿Ves ese pomo verde allí? Pero ni caso. Y me pareció bien. Y pasó el tiempo y pasaron, los trenes de Luyanó. Magia. Decidimos, se decidió, tácitamente, que ni la tensión ni los dolores de cabeza venían bien con nada. Dos aspirinas y el bueno de Charly: tómalo-con-calma-la-cosa-es-así-ya-se-hace-de-noche-me-tengo-que-ir. Y el solo de María, la guitarrista de Charly, se quedó sólo conmigo, los dos solos. La variabilidad y la invariabilidad, en este caso el teléfono. Mierda, mierda. La primera, no nos dejó saber si sentíamos algo en particular y, o, no tantas cosas juntas al mismo tiempo, tanto despliegue dubitativo flotando en el aire como la respuesta de Dylan. Tanta fragmentación a tijeretazo y salto de disco. Así que volví a mis sábanas al rato, insistí como cuatro veces el Wish you were here que asombrosamente resistió sin chistar cuando quiso escucharse, hasta quedarme dormida otra vez. Sweet dreams to you.
Al final, me es difícil saber después de todo si te importa el naufragio del barquito arriba del piano. Para protegerlo del viento tuve que taparlo con una hoja. Si se cae una estrella voy a pedir que vengas en su rescate. Hasta ahora no se ha caído ninguna. Bueno.

hora moi

Interrumpí en la puerta con la apacible confusión de esas muchachas despistadas que equivocan horarios clase a menudo, refrescantes en las entradas de las aulas, maravillosamente aturdidas, despertadoras a medio bostezo de la clase dispersa o semiatenta, hipnotizantes, tantas veces esperadas y cuestionadas acerca de qué color iban a ser las sayas a las rodillas o por dónde tendrían el pelo. Me pregunté si habría cumplido más o menos con sus expectativas, si habría calmado su aburrimiento, más menos que más. Esas miradas inesquivables, fijas, eran mi alivio en las llegadas tardes. Llegas y te observan todos esos ojos inescrutables. Calor. Un mar de abanicos detenidos momentáneamente en el aire.
Pomos alzados, vaciados, de líquido obligatorio por indispensable.
Mi cabeza daba unas punzadas violentas. Traté de nadar en una nada espesa. No pude.
Me puse a escribir en la libreta. Mirando a la pizarra. Como una autómata retorcida. Pensé en mi incapacidad para crear historias, hilvanar acciones en vez de divagar, mostrar en vez de dilatarme en reflexiones inútiles, afrancesadas según Carpius. En mi lenguaje odioso adjetivizado hasta el colmo. En mis personajes nebulosos, obnubilados.
Te encontré esa mañana brumosa al salir de clases, cogiendo botella frente a la Plaza de San Francisco, lejos de las palomas, en el paso peatonal de la Lonja del Comercio. Le pregunté al primer ventanillas cerradas que se detuvo frente a mí, golpeándole al cristal con nudillos discretos, el tipo dijo que sí, y te llamé con un movimiento de cabeza. Corriste y te sentaste a mi lado con un gracias tímido, irremediable; hola te dije, me llamo L, ¿tú?, en lo que cerraba la puerta. El aire acondicionado provocó un alivio inmediato. blanka, con minúscula, qué bonito, dijo el tipo, ¿adónde van? Por todo Malecón, hasta donde llegue. Unas gotas de lluvia activaron el parabrisas y quedamos rodando en silencio.
horamar
Obnubilar. Avenida del puerto. Los elevados. mar y yo. Carriles encima de nuestras cabezas. Cámara en mano todo es atrapado por el lente. O la lente, que femenino suena mejor. Me vas a decir por qué no te gusta la segunda persona. Así que Marguerite Duras, autoexpresión, no comas mierda, ¿estás hablando en serio o en sirio? Mira que te gusta cretinizarte, más. En algún momento nos iremos, no es necesario desmayarme todavía delante de ningún carro. La desventaja aquí es la falta de semáforo, qué sería de los botelleros sin los semáforos. Los ahuyentas con la camarita, ¿no sabes que hay personas que se intimidan, que prefieren conservar su anonimato y sus rostros ajenos a cualquier mirada, al mundo incluso? Somos extranjeros. Lindísimo el mar. Liadísimo. Este sitio se ve bien a todas horas, de día, con niebla, amaneciendo, soleado, lleno de nubes negras, en la hora mágica, de noche. ¿Me quieres sin querer, como al descuido? Tonto. Vas a llegar temprano por primera vez en muchos días después de conocernos. Gimnopédicamente, tan simple, tan perfect. Cuánto tiempo tardarían tus dedotes en aprender las teclas necesarias para tocar lo más sencillo de Satie, si llego a enseñártela, la gimnopedie que te gustaba antes de yo saberlo, antes de que supieras que yo me la sabía. Cuánto en olvidarla, en caso de aprendértela. Es difícil, vernos, bien. Entendernos, cada uno. Sin enredarnos, más. Naïve. Actorcito figurante. Así que te lo inventas todo. Dime. Qué es, qué vas sintiendo, por qué te molesta no saber. Tanto. Tengo tu voz en el oído izquierdo. Mmm. ¿Aclararlo todo? Ya. Prefieres los tonos iluminados, claritos, los colorcitos tiernos. Vete al carajo. Allez á la merde. Descannabinolada, sobria y descafeinada. Total que sigue pasando el tiempo y una sigue siendo la misma, la misma boba. Con catorce, dieciocho o veintidós. Da igual, los años pasan sí, y la vida también, se va, y veinte años es toda una vida, coño Gardel, no seas ingenuo. Para colmo un hilo de sangre me corrió por la entrepierna, no hay mal que por peor no venga, mierda. Cambiar-me. Hacer volar todas las partículas. Quedármelas viendo por lo menos con detenimiento, como pintando musarañas en un pizarrón un domingo por la mañana. Ir-me. Desenca(ra)jar-me de todos los afuera. De todos los peligros inminentes. Como tú, tú, tú, te maté. Harta de ti, altamente excluida, lo mejor es comer, cualquier cosa, loquehayamano, después tomar un baño, luego del baño lo preferible sería una botella de vino, personal, en este triste caso, y si no hay vino, pues té, si no, helado, mucho menos probable en el pronóstico de lo posible, entonces, la leche con chocolate también sirve, (bevètepiuslaite!)o, por último, batido de platanito y trigo con vainilla, después de eso la mejoría anímica es inevitable, asegurada.
hora jaad

Algo. Expropiándome el mundo y haciéndote un guiño desde el otro lado del océano inevitable: otro cuartucho en Malecón: un pedazo de ventana y un –único- mar, o viceversa. Nada. Las más de las veces las olas no admitían que durmiera. Y cuando lo hacían era para soñarlas tragándose toda la vaga ciudad hasta su hálito cansado. Del otro lado de la Calle el pregoneo de pan, aguacate o girasoles me sacudía y levantaba de un tirón. Tenía que desempolvarme el alma y tirarla con el sueño por la ventana a la calle levantada ya desde hacía horas impensables, idas-sin-vueltas: el tiempo dilapidado y el ruido de los motores hasta el esófago. Todo demasiado inapropiado. Todo demasiado, ¿todo?

horacarpius

Te invito a que me invites a un café. Trastoco los horarios de sueño. Lo mismo estoy despierto de madrugada leyendo o dándole un poco al tecleo, que durmiendo hasta las cuatro de la tarde. Toda la semana he estado soñando que tengo que presentarme a un examen de matemáticas y estoy frito, al final suspendo por supuesto. Uf, qué pesadilla. Frente a la mesa un viejo zarrapastroso se queda mirándonos, un hilo de baba le cuelga del labio sin que se de cuenta, ni de lo que hay delante ni detrás suyo. No oye el ruido de la mosca en el aparato de aniquilación justo encima de su sombrero -lo más parecido a una cámara exterminadora que he visto, lo que para bichos-, ni ve el humo de la máquina de café. La enajenación es un principio de la sumisión. La apatía, la dejadez. La cobardía es la cosa más valiente que sé. Mi otra pesadilla reiterada es la del perro comiéndome los dedos de la mano y yo no puedo desprenderlo. Vamos, acompáñame al Oro Negro allá abajo, a encervezarnos el encéfalo, otro poco. Tomemos, pues, que no hay más nada aquí, atiende pacá, la historia de estos tipos locos es una nueva teoría de expresión, un nuevo punto de vista ontológico, una mecánica que les permite entallarse con la posmodernidad, dinamitar, explotar sus estructuras pal carajo, esto es un pensamiento de peso, chama, aunque lo apliquen a la debilidad de lo cotidiano. La cuestión es coger lo creado desde la creación misma, la fuerza creativa es un rizoma material, y el escenario es la historia desde el año diez mil antes de Cristo hasta hoy. Lo moderno y lo posmoderno son rumiados y jamados, y vuelven para preñar una Hermenéutica –interpretativa, aclarativa, explicativa, exegética- del Futuro, son unos locos, unos anticipados. Qué bonito. La superficialidad del contexto en que la dramaturgia del futuro da la talla es de hecho ontológica, constitutiva y creativa, no trascendental, ni sistemática y no liberal. A ver, a ver, déjame anotar eso, necesidad de sentido, dispersión-de-tipo-evento-concepción-pesimista-y-totalizante-del-ser quebuscajustificarsasímismanloreligiosoperosóloncuentrapoyonlafaltemisticismolademocraciamovimiento-circular-de-la-experiencia…(rupturaen-laexpresión-desa-circularidad,enlacríticadelompírico,lóntico).
Hagamos rizoma, niña, maquinemos deseo. Crear es resistir, como diría jaad. Ya, hablando de sueños, yo era la anfitriona de una parrillada en medio, justo en el centro, de un campo de golf, si es que lo campos de golf tienen algún centro, yo detesto el golf, dichoseadepaso, y estaba en una cabañita de madera que había levantada allí mismo. En eso, y justo cuando me meto un pedazo de carne en la boca, cae del cielo un pedazo de yeso, que obviamente me da en la frente y me despierta. Lo primero es una gran sensación de amenaza, y luego, ver por encima de mi cabeza que mi techo se va a venir abajo en cualquier momento, muy probablemente ahí mismo. En toda la casa reina una atmósfera pesante. Corro a la sala, los pocos miembros que quedan de mi familia andan metidos por los rincones en las cajas de cartón donde guardamos libros para botar, que a veces cubren todos los espacios y no se puede caminar sino sobre ellas. También andan metidos dentro de los estantes de la cocina, junto a los potes de azúcar, sal, leche o chocolatín. No sé si es de día o de noche y tampoco sé por qué me da por pensar en eso ahora, que el techo de la casa se está cayendo. Siento más actividad sonora en el comedor y antes que pueda mandarme a correr a cualquier cuarto, el gato me pasa rodando por al lado y de un salto se trepa a mi cabeza, de donde tiene que salir volando porque libros y techo empiezan a caer estrepitosos por todas partes. Logro salvar el termo de café de mi madre y me encierro en el baño con gato y todo. Sorprendo colgado de la ducha a mi abuelo, con una cara de susto del coño de su madre, mi bisabuela Loreta. En el radiecito del clóset anuncian cierre de calles por derrumbes y por el desfile del primero de agosto, primer día de vacaciones, que los trabajadores festejan marchando por la liberación de las cinco de la tarde, consistente en liberar energía adicional, cinco horas más todos los días, sábados laborables y de trabajo voluntarísimo incluidos. Aprovecho que lo veo para contarle lo de la parrillada y la cabaña en el campo de golf, en lo que nos sirvo el café. Su desinterés me decepciona un poco y me voy a la sala otra vez, en donde los escombros ahora permiten menos aún el paso que las cajas de libros para botar, con mis cinco tíos refugiados dentro. Me estiro y cabizbaja me meto yo misma dentro de una caja desocupada, encima del televisor, saco mis pies y voy a mi habitación que todavía resiste. Busco debajo de la cama una más pequeña para el gato, encuentro una pero cuando la abro un montón de murciélagos salen desbandados esquivando los pedazos de techo que caen como granizos alrededor. Se me nubla la vista y creo volver a despertarme, porque siento caer del techo violentamente otro pedazo de yeso, mucho más grande que el inicial, muy cercano a mis manos que se agitan fuera de la cama, como fuera del agua de una piscina muy honda, yo no sé nadar, tampoco. Miro para arriba y todo parece en su sitio, al menos por el momento, bostezo largamente, me viro y caigo en otro sueño. Oye tú, estatuniña, ponme dos bucaneras más, que el tiempo es oro negro, cuál es tu onda, chica. Nadie debería trabajar. El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo, o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar. Brindemos por los proletarios del mundo: descansad. Menos mal que ni tú ni yo tenemos que levantarnos mañana temprano para nada. Viva el ocio productivo, vivamos para crear sin tener que trabajar para vivir. Mañana, que se joda. Proletarios del mundo, ¡descansad!

hora moi

Frente a mí los ojos-bolas-gotas del perro de una amiga. Negros espejos insondables.
Muy parecidos a los tuyos, ojos-alej. Marco tu número en el teléfono, inalámbrico, de mi amiga. Espero. Me sale una voz esperada. Cuelgo. En mi pancita la jarra de avena con vainilla suelta un humo oloroso. Mi pelo suelto se desparrama por la almohada, vertical. Suelta un olor a frutas, ajeno. Salgo.
Voy en un carro por Belascoaín. Miro sin ganas los derrumbes, el churre de los balcones sin sábanas, ni banderas. El parque de los locos. Monte. El Conservatorio donde pasé tres años, ni buenos ni malos, cuatro más bien, el lugar donde conocí la tristísima alegría de tenerte y no. Miro vaciada, viciada, el espejito roto que sostiene la mano grande de un mulato, que se afeita en un portal. Llego al mar. Es el límite. Siempre estamos bordeándolo o esquivándolo, siempre terminamos cerca. El tipo que maneja me obliga a oír un disco de Jennifer López. Es el precio. Todo el mundo se somete al otro. Todo el mundo maltrata y desatiende. Todo el mundo desespera, peluso. De esperar.
Imagino a Jennifer saliendo de un salto de agua, de perfil, escurriéndose el pelo con las dos manos. Estamos acostumbrándonos al horror diario. Por todas partes. Un chofer hijo de puta, una camarera despiadada, una muy mala película en un muy mal cine. Es el precio. Nos detenemos en 1458 de la calle Infanta. A dos cuadras ahora de la famosa Esquina de Tejas. Desde aquí se pueden ver las luces del estadio. Juega el equipo predilecto de los habitantes de esta ciudad. El camión de la basura se detiene ante la cafetería, cuchitril de tres pesos. Venden capitolios, unos panqués con un merengue en forma de cúpula encima, y habaneros, café con una bola de helado dentro. Todo un culto a este basurero. No nos queda sino desajustarnos, desubicarnos. Todavía más.

hora rizoma

Ser es ser percibido.
Como en La película de Beckett trato tonta de extinguir, suprimir la doble percepción.
(Expulsar a los animales, tapar el espejo, cubrir los muebles, arrancar la estampa, rasgar las fotos.) Lo espantoso es que la percepción sea de uno a través de uno, insuprimible en ese sentido.
El balance, sillón luyanero, que me coloca en suspenso en medio de la nada, como en La película de Beckett. Dijo alguien, seguramente Nietzsche, que preferimos todavía tener la voluntad de la nada antes que no desear nada en absoluto.
(Expulsar a los animales, tapar el espejo, cubrir los muebles, arrancar la estampa, rasgar las fotos.) Esse est percipi.

hora mezclada

Me dejé acariciar por el resplandor opaco de mi lámpara de noche. Lámpara manufacturada por blanka, pintada en acuarelas oscuras que a mar le parecían mal combinadas, en resultado un color sucio. A mí me encantaba. Sobre todo cuando lograban mezclarse tanto los tonos que no se diferenciaban unos de otros. El olor que dejaba el papel fino cuando se calentaba un poco era delicioso. Quería escribir un poco, así que hice chocolate para nosotras, bien fuerte como lo prefería blanka, que por su parte había escrito una historia de tres amigas que terminan desangrándose con un cuchillo después de fumar en una bañadera y tomar chocolate. Tales las historias suyas tan surrealistas y morbosas, fantásticamente tristes. Después de salpicársela más de rojo con unos cuantos comentarios por boberías del lenguaje y frases hechas o palabras repetidas puse The Cure y me senté a escribir acerca de mi madre, cuando contemplaba como una boba la explosión, roja también, del flamboyán frente al balcón en junio. Pero no me gustó nada como quedaron estructuradas las frases, ni las palabras que había escogido. Recordé a mar escribiendo sus poemas bolañianos y sus cuentos más bolañeros todavía. Le salían como agua. Escuchaba The Cure o al grupo de Michael Gondry, o a Tom Waits. A veces se iba con la laptoc al baño y hacía 5 poemas de golpe mofándose un poco del prolífico RF.

(hora es-casa)

Mi madre se paraba junto a la puerta del balcón y decía qué bonito se está poniendo mi flamboyán, como si no se acordara de que su flamboyán había sido extirpado de raíz hacía sólo unos meses.

hora escasa

Creo que las manos se me han reducido. O por lo menos el dedo meñique de mi mano izquierda se ha vuelto infinitamente minúsculo, tanto que casi parece tener una sola y frágil falange.
Empezar desde el principio es el absurdo, antes del absurdo: partir desde el absurdo hacia un absurdo mayor.
La cronología es falsa, toda sucesión de eventos es falsa y retorcida como el que se rige por ella. La Historia es el caos.
Luego, por cualquier parte se puede comenzar una historia cualquiera, insignificante, todavía menos importante es por dónde ha de recorrerse el camino, o desde dónde ni cómo trazarlo.
Así, en lo que trato de doblar mi pequeñísima falange, mis labios articulan la letra de un tema brasileño que se antoja ahora triste, pero es acaso alegre, ingenuo, acaso esperanzador. Amontonados en las paredes enteramente cubiertas, trozos desarticulados de memorias – trozos de memorias desarticuladas-, cada cual con una historia muda, semiofrecidos, inconfesables a las miradas ajenas e inocentes, tanto quéséyo contenido, fragmentos congelados, recuerdos muertos-vivientes, zombies macabros pasivos, almacenados en las paredes como fósiles de mariposas o bichitos de luz, fantasmales pedazos de tiempo dormido, recogidos en cachos de papel, detrás de marcos con o sin cristales, rotos, escondidos, mostrados sin el menor pudor.
Perversa, enferma costumbre repugnante y sádica de las gentes de conservarlo todo, de querer estar cerca de sus memorias inarticuladas, materializadas en tinta y color amarillento. Testigos enmohecidos, evidencia esquizoide y cruel del tiempo.
Morbosa manía de querer simplemente recordar, continuamente, retener los instantes perdidos, escandalizarse con la aterradora noción de la única existencia del tiempo presente, queriendo re-volver el tiempo pasado, arrancarse la postilla cicatrizante.
El absurdo rechaza el suicidio para mantenerse entre la confrontación de la interrogación humana y el silencio del mundo.
Incierto. Creo que soñé que mis manos se iban achicando, empequeñeciendo hasta el ridículo. Me quise dormir por un rato. Es como único puedo estar cerca de ti, alej. De-nuevo.
Pero pasarse la mayor parte del tiempo durmiendo en la mentira es sumamente aborrecible, en otra sociedad sumisa al orden, igualmente dormida.
Tampoco me preocupa demasiado. Casi nada.
Es imposible empezar por el principio.
Y poco funcional. Persistir en la idea de tristeza absoluta es crónico, dice Bataille.
El reconocimiento, indiferente por inservible, malogrado, del fracaso… (¿Cruel?: liviano, así es como te sientes, para mi pasmosa perplejidad.)
Carcajada, mueca de espanto, arqueada de dolor, angustia de risa histérica, condición extrema de ahogo en un llanto viciado, ridículo, inevitable, impuro. No sé, cómo decirte mi dolor, no sé…

hora vacua

Mi mejor tiempo es cuando no estoy haciendo nada. No tener que hacer nada de nada. Y
eso incluye-incluso la formulación de planes. El trabajo es el mal mayor.
Va contra todo deseo natural. carpius lo sabe.
Mi habitación es un mapa personal, un mapa de mí misma, como un cuerpo, o un pueblo derruido. A veces demasiado viejo, carreteras olvidadas y ciudades sin nombre, peligrosamente invariables. Me pone triste de vez en cuando. La casa mientras más desvencijada, más resistente. Sólo me he dedicado a aprender a no esperar, tampoco, nada. Bajo ninguna circunstancia. Demasiados placeres permitidos efímeros, descabellados, adorables. Desmedidos en su poca duración. Como casi siempre, y a costo de la escasa libertad, el caos es atraído de un modo sorprendente, bien recibido, claro, como un nuevo orden, palabra odiosa. Encima de la lámpara de papel hice un árbol y lo llené de barquitos en miniatura, también de papel. Opacos. Casi invisibles. Me encantan. Nunca van a navegar en ningún mar, ni de papel.
Este cuarto es una máquina del tiempo. Museable. Debería cobrar la entrada o quedarme encerrada para siempre.
Cada cierto tiempo, cierto número de días que no me he puesto a calcular nunca ni para buscar algún patrón, tengo la necesidad impostergable de incomunicarme y aislarme de todo exterior. Desintoxicarme de tanto ruido y humo y sol. Y más que nada de la gente. Aunque aquí dentro me he preocupado bastante de mantener alejado lo más posible cualquier vestigio de luz colada por las rendijas, que dejan entrar la suficiente como para matizar un poco las cosas en las sombras, darles algo de color. Pero el ruido es un caso complejo en la ciudad. Sube como taladro, motor, altoparlante, timbre de bicicleta, silbido, grito lúdico o histérico o los dos. Rejas, latas, cláxones, trenes. Toda una orquesta. Producida por la gente. Como un borracho a pleno día –mi madrugada, justo debajo del balcón improvisando un bolero a golpe de botella y alaridos impresionantes, que al lado de Maurice, habría que ver quién es más mínimal y magistral en el uso de recursos. Al menos Pink Floyd en un volumen adecuadamente alto me reconforta por las mañanas, cuando intento devolverme al sueño. Está tronando. Es increíble que vaya a llover. Qué bien, diría Carpius. El agua.
horamar
Something in the way, canta Nirvana. Por qué, porque todas las parejas se me antojan igual de ficticias, puro simulacro de apego forzado, desabrido, cariño torpe; la decadencia general de la ciudad impresa en sus caras conformes. Uniformes, sentimientos débiles, odiosos. Ciegos de calor y de sal. El mar, otra vez. En la playa la tristeza se diluye en el agua salada. Pizpireta -palabrita que extasía a jaad-, coqueteo con el primero que me dice cualquier cosa, descuido una sonrisa imprudente, últimamente estoy siendo menos arisca con los que quieren probar un mínimo contacto. Aunque esta gente me causa repulsión, me dejo llevar por la oleada colectiva de confianza. Soy como una niña, pequeña casi, recogiendo pedazos de caracoles y conchas con la idea estúpida de llevarte los más bonitos, entre piropos indecentes que acepto sin contemplación, en lo que ofrezco una mirada limpia y segura. Hago planes con mar para irnos a Santa Cruz, para Baracoa, para el fin del mundo, no tenemos inconvenientes… sólo conseguir algún dinero. Me habla lento, demorándose en cada palabra, contagiado con el agua pausada que me lleva hacia la orilla. Y yo le digo que sí, cuando quiera nos vamos, convencer a la blanki y listo. La playa dilata el tiempo, distorsiona, lo convierte en sal líquida, en mar inacabable. Tamales, frases gratuitas, escritas sin la menor prisa con una concha rota, paleticas cubiertas de chocolate derretidas como el tiempo, caracolitos recogidos envueltos en un pañuelo. How I wish you were here. Piedritas raras, leche condensada y galleticas dulces, arena y vino, terminado. mar quiere ir en busca de alcohol. Dice blanka que se erotiza cuando toma, mucho. mar siempre toma demasiado rápido, es envidiable su agilidad, su adolescencia. Su precipitación hacia los bordes. Yo quiero ir en busca de. Todavía no me curo. Pero ¿acaso estoy enferma? El sueño de un sol y de un mar, y una vida peligrosa… Me tendría que ir muy lejos, para tratar de extrañarte menos. Y botar todos tus casettes. Tengo tanto sueño. ¿Por qué te va mejor sin mí? ¿Por qué me ha de ir peor? Si pudiera dormirme para siempre… Todos los cuentos infantiles se basan en sentimientos ridículos adultos, patéticas nociones de una realidad romántica, idealista. Fueran verdaderamente infantiles de ser escritos por los propios niños. Lafasolrelafasolrelafasolrelafasolre lafaresilamiresilamiresilami.

horasueño
Seis de la mañana y hay una oscuridad completa y redonda cerrándose sobre mí. El gato araña la puerta y mi pezón por una extraña razón está endurecido. Hay pasos perdiéndose en la calle, tan cercana y ajena, un gemido largo, más lejos, un llamado lobuno de la madrugada, un indicio de algo, seguramente, alguna cosa inmediata, innombrable, impredecible.
El espacio hueco de un objeto-cosa desaparecida me hala la vista, estoy pensando en una respuesta que no origine nunca una pregunta, sale de mi cabeza como una burbuja enorme, que no llega a desprenderse del agua jabonosa. Mi subconsciente malabárico juega con el recuerdo de un alimento insípido, una lluvia calurosa, muchas patas juntas, diferentes.
Estar dentro del olvido mismo cuando se produce, un murmullo de voces imparable, un abrazo incómodo, las medias puestas, escribir desde el sueño, regresar a ratos, escuchar. Todo está ahí donde no se ve. En qué tenía que pensar ahora, en qué estaba pensando, tenía que haberlo pensado. Antes. Nunca. Antes de cerrar los ojos. De nuevo. Tengo frío y no sé cómo taparme, tengo ideas impermanentes, se pierden como el acorde de una armónica oxidada. Persiste sólo el perro que le ladra a un fantasma en la negritud, la niña doblando sábanas en un patio lleno de orquídeas trepadoras, una tos rápida. Una pena enorme. Más mosquitos. Un tumulto solitario en una funeraria. Muelles acomodándose. El sonido impreciso: en los escombros de un edificio muchos gatos. Ese es. Casi. El sonido impreciso. Imprevisible.
horaes-casa
Polvo. Hay tanto polvo. Todo el tiempo lo respiro. Lo quito y no hago otra cosa que levantarlo de nuevo un poco para que vuelva a caer sobre el piano y los libros y lo cubra todo una y otra vez y llegue a los pulmones y lo expire después y así tan siempre. Somebody new, somebody to love. Tus peines sur mon coeur et vos pieds sur une chaise. Una mancha se sale del cuadro. Llega casi a la pared, pierdo la vista vertiginosamente. No tengo a quien mirar ni qué de todas formas pero. Los ojos. Me caigo de sueño, desvelo, dormida muero de sueño. Marcas en mi cuerpo. Cada vez que me baño y presto atención descubro nuevas marcas: arañazos cerca de las nalgas, postillas que arranco una y otra vez y siempre sale mucha sangre, moretones de golpes sorprendentes por inadvertidos que parecen mentira y me provocan todo tipo de cuestionamientos, dudas, indiferencia y por último desconsuelo al fin y al cabo. Me apesadumbran. Mosquitos. Lleno de luz cada día este cuarto y ahí siguen, sedientos, aplastándose bajo mi palma ruidosa, inútil. Trenes. Otra vez los trenes. Las guaguas, los carros, los pasos perdidos de las gentes en la calle de noche, tarde. Pero sobre todo los trenes. Esos trenes que nunca dejan de pasar a deshora en la madrugada insomne, forman parte de la noche, de todo, como el reloj atrasado, como el radio y su Esquina del jazz, cita insípida para trasnochados. Como mi progresiva ceguera en las páginas de Kerouac en la tan poca luz. Como la propia luz de la lámpara amarilla de mi hermana en la habitación inmediata, como su voz en puro murmullo a veces. Articular las palabras para desarticular los sentidos, todo el significado, implícito o no en cada uno. El trasnochaje. La vacuidad de todos los momentos sin. La inanidad. Aunque no sepa quién, después de todo. Aunque tampoco espere, ni crea querer ver. La prisa. La demora. La espera. La ansiedad. La calma. Finitudes. Un día tanto tempo en derroche delicioso y al otro inalcanzable. La necesidad, la aceptación, la indeterminación, la conformidad. La numeración. Las obsesiones. La insalvabilidad. La certeza, la memoria, la inacción. Vaguedad. Artificio. Errores. Decadencia abierta en todas las cosas, a todas luces. Bajo el techo o el árbol. Pereza, lectura, regodeo, insatisfacción, narcisismo, pérdida, música. Cristales enredados con hilos del sonajero accidentado. Párpados abriéndose y cerrándose. Continuamente. Coltrane escupiendo frases incoherentes, inacabadas, cortadas. Fragmentación. La entrada del piano y el aplauso al saxo. Parálisis. Movimiento. Estaticismo. Importancia. Dibujo. La no-historia, no-acción, no-narratividad. Caminar en zigzag o en línea recta. O en círculos, caminar hacia, hasta, la casa. Mi casa. La radio. (Ah, por último, no lo olvide, por favor, no lo olvide nunca: Defienda la sonrisa.) A mal tiempo peor cara. Desánimo y más polvo. Quelqu`n. Tinta. Miles Davis. Morricone. Paciencia, madrugada, esterilidad, extrañeza. Callos en mis pies. Ganas de orinar, muchas, de lavarme los dientes, de oír silbar a alguien, para mí, siempre ganas de lo mismo. Cal arrancada de las paredes. Inmovilidad. Sed. Verticalidad. Alivio. Ruidos. Oscuridad. Gotas cayendo, bichos, miedo, gatos, ojos, beso, suavidad de la luz lunar, gotas de alcohol derramadas en el suelo, maullido, grito, llanto, madera que cruje en la puerta contigua de mi madre. Sus suspiros ininterrumpidos. Repetición. Ad infinitum. La mismidad.
hora café
Un intruso se sienta en mi mesa con el mayor descaro y pide una malta.
Me molesto un poco pero no digo nada, me limito a desplegar por toda la mesa entre los platos de las tazas y los dulces mis papeles y libros, mypersonalbelongins: gafas, llaves, pluma, libretica, monedero, carné de la cinemateca, pastillas mentoladas.
Antes mi mesa también había sido ocupada por Carpius quien afortunadamente y después de su primer expreso fue a sentarse en la mesa del fondo a leer y sentir achicharrarse a los insectos capturados por el exterminador eléctrico encima de su cabeza. Por sólo unos segundos quedo abandonada, sola y feliz en mi mesita. Cuando se va el intruso estoy tranquila. Todo es como siempre.
Manolo el loco escucha música en su walkman imaginaria y mueve la cabeza exactamente como un loco. Me dice que le aproveche señorita para que yo lo compre un pastelito, porque las torticas no le gustan y hoy los pastelitos están muy buenos, repite. Espero que llegue la hora de la película para cruzar la calle y entrar al cine.
El Vedado es un centro pequeño. Muestra de Buñuel en el peor cine de la calle 23, desde 12, 13 cuadras de camino hasta G. Voy hasta el parque de H, paso obligatorio para los estudiantes de periodismo y de la Alianza francesa. Tanta gente.
Como piojos que hay que rascarse dice Miller. Pero yo no me sé rascar, no así.

hora noche

Un olor a ron Refino transpirado, a transporte urbano a media noche, a saliva y cigarro Popular. No dejaba de mirarme y mirarme y decir cosas como ¿No ha pasado nada por ahí? o ¿No tendrá un fósforo, belleza?
Yo tenía a Henry para leer en un cacho de luz que me prestaban dos tubos de luz fría en el portal de la parada. No era mucha ni apropiada esa luz pero me servía para permanecer distante de aquel tipo y entenderme a solas con ese otro.
Sólo nosotros, y algún que otro delincuente buscando hacer la noche en las esquinas oscuras y tétricas del deterioro luyanesco.
Henry quería asesinar a unos cuantos, exterminarlos a todos aún cuando había chance, antes de que se hiciera demasiado tarde y el cáncer acabara extendiéndose por todo el planeta, el problema principal era salir de América, en todo sentido.
Sus descripciones a veces coincidían con mi realidad, ahora se daba el caso.
Amanecería y no iba a acabar de aparecer ningún ómnibus asqueroso, mortuorio.
El sudor alcoholizado era lo peor después del mal aliento.
Me senté un poco más cerca de la luz, más lejos del tipo.
La tela de la camisa que llevaba puesta estaba podrida, sucia.
Trataba de pasar página tras página sin levantar la vista para divisar si venía algo.
No había mucho tránsito, una ambulancia paró en el hospital y dos hombres bajaron una camilla, después una patrulla silenciosa dio varias vueltas a la manzana. Nada más, nada menos, nada.
A la media hora pasó la primera guagua, no me servía, volví a sentarme disgustada, abriendo el libro en cualquier página.
El tipo seguía allí, tampoco se había montado. Esperábamos la misma ruta. Con una paciencia oriental y ensimismada.
Había puesto su cabeza entre las piernas, las piernas un poco estiradas, respetando la distancia entre los dos.
Se lo agradecí muda y leí un fluido extraño y delirante de palabras amontonadas sin el menor tino usualmente comedido y tan felizmente económico de la prosa americana.
A continuación de aquel lapsus histérico vino por fin la estúpida guagua.
Respiré aliviada y guardé el libro. Conseguí sentarme en el asiento más oscuro y que el tipo se perdiera a mitad de ómnibus entre lugares ocupados en su mayoría por los adolescentes enajenados como dummies semidespiertos.

hora escasa

Me puse a leer correos viejos que colecciono, como muestras al azar, fragmentos de tiempo congelados, en su tiempo significativos o quéséyoquésécuánto… lo cierto es que me puse triste, aunque no sé si era la música que estaba escuchando: Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, justo El Show de los muertos, y también había estado leyendo demasiado a H Miller. Tanta basura.
Fui a prepararme un batido y hubiese querido batirme yo también de ser posible, condensarme un poco, espesarme con bastante leche y endulzarme con miel o edulcorante. Tenía que conseguir dormir en algún momento. Tenia que contestar esos correos en algún que otro lugar del tiempo imparable y lento de mis jornadas insípidas.
Gente dejada de lado. Gente desconocida. Todo el mundo era alguien distinto que nunca me iba a ser mostrado ni de lejos en tanto no se diera cuenta de sí mismo que es como decir neverinthislife. Escachando los relojes se puede lograr matar al tiempo, con un martillito y después un poco de mantequilla por encima.... Quedé dormida.
hora carpius
Entonces decido no dormir más, o mi cuerpo lo decide por mí, y así me evita la molestia, en el colmo del desvelo insomne, se me ocurre ir a bailar, pero como no he dormido nada mi cuerpo está cansado, débil cosa, y aprovecho pa escribir to esto mientras escucho al Charly, y pinto hojas en el Paint, que a ratos me hacen cabecear y en eso llegó Carpius con su cuento de turno, sus personajes de turno, su vida de turno… ahora jugaba dominó con unos viejos viciosos que apostaban diez pesos la partida en una azotea cerca del Malecón por las madrugadas. Le daban café y pan con mantequilla y a veces conseguía irse con cien pesos en los bolsillos del short.
Hicimos té dos veces, y a la segunda salió con que segundas partes nunca fueron buenas… Narró la muerte de un anciano de 90 años que andaba husmeando debajo de un balcón en derrumbe en la Habana Vieja. Qué mala suerte, bromeamos sobre la historia de vivir tantos años pa morir aplastado por un balcón mugriento de una ciudad de arena. ¡¡Qué horror!! , exclamó Carpius, con doble signo de exclamación, enfatizando sobre todo el primero. Además contó que estaba trabajando, vendiendo discos en el barrio chino por las noches antes de irse al dominó. No podía imaginarlo trabajando, aun vendiendo discos o yerba o cualquier cosa, no estaba capacitado para ganarse la vida con el sudor de sus manos, a menos que fuera en el juego, claro.
Después se metió toda la madrugada en el sillón viendo la retransmisión de los programas diurnos y de los juegos panamericanos en Brasil.
Pensé una vez más lo bueno que sería tener una camarita digital conmigo, pero como no había me fui a leer a la Atwood y a quedarme con ella en la superficie de sus páginas hasta dormirme pal carajo. A cambiar los relojes coño. A caminar, fucking time, fuck your self! Qwelkj sdlkj sdupioerl k wsza ..lkp odf , algo así ininteligible debo haber soñado que estaba diciéndome Carpius.

hora vacua

No puedes escribir con el estómago lleno, o vacío. No se puede con sueño, ni estando despiertos. Ni triste ni aliviada o satisfecha. Si te duele alguna cosa hay que esperar a que se pase. Si apura mucho, ralentiza. Y si no encuentras la manera espera un poco.
Cuando te descubres asustándote ya estás fracasando. Trata de permanecer y si no está en tus planes sumergirte porque no quieres, flota en la superficie por lo menos, algo es mejor que nada. Si no puedes comer de tan cerrada la garganta pasa la lengua por la palma de tus manos y revuélvete un poco el pelo. Siempre ponte algo limpio y llena tu cuerpo de crema hidratante. Prepárate el mejor desayuno y memoriza todos los amaneceres que puedas, con todos sus ruidos. Si hace mucho calor despójate de ropas, camina descalza, salta suiza, hazte los mejores batidos de fruta. Si te vencen las ganas de ajedrez visita a tu padre, de vez en cuando. Toma bastante agua si la resaca es perdurable y poderosa. Elimina en la medida de lo posible todos esos bostezos innecesarios, todo el aburrimiento acumulado. Escribe a tus amigos, no cuesta tanto. Revisa las tareas pendientes aunque te de tanto asco. Limpia los espejos. Ve al cine tres veces como mínimo por semana. Inventa pretextos para no quedarte en casa si no es para leer o para hacer algo creativo. Vigila que tus pies no se ensucien demasiado cuando camines las calles. Escucha toda la música que puedas. Mantente leyendo, recopilando muestras al azar. Acuéstate a dormir siempre que lo necesites, sobre todo si es día de celebración política nacional. Aléjate de todo lo que lleve rotulado nacional como medida preventiva a una irritación profunda. Acaricia todos los gatos que se dejen. Recuérdale a las personas fotofóbicas que los indios americanos pensaban que las cámaras les iban a robar sus almas. Húyele a las quemaduras solares a plena tarde. Suaviza tus manos. Si tienes sed o hambre, saca la lengua y lambe. Sí, es jodiendo, come y bebe lo que encuentres, pero sin pasar mucho trabajo. Recuerda que a pesar de la sequía la tierra se mantiene colorá. No ignores demasiado, y si sabes mucho no te angusties, no te mates en matar el tiempo porque es tu muerte la que espera.
Como sea, ten presente dónde estás, todavía, respirando polvo.