Saturday, September 20, 2008

Dis tortue, dors-tu nue?


Lia de nuevo....
Niebla en las mañanas, hambre de claridad, café y pan con compotas de ciruelas ácidas. Adormecimiento del alma en plácidos vecindarios. Vidas marchando como si.
Adrienne Rich
un

Dis-moi, ¿qué es lo mejor?
¿Como el poema de Bukowski?
Plus ou mois… allez-ci!
A ver, lo mejor es bañarnos, después.
Mais avant?
Tu le sais bien.
Alors…
Puis, el arroz con leche de tu mamá, o la glace au chocolat.
C‘est ne pas mal, mon petite.
Et toi?
Le meilleur c‘est la lumière, bien sûr! Tu piel, los matices, lo que no llego a ver, lo que veo de más.

deux
Muero de sed.
Entre mis pies los bigotes, la cola despacio, la nariz húmeda.
Me da frío. Mi gato tiene hambre, a veces más de cariño que de alimento.
Lo cargo, pesa un poco, lo dejo sobre la alfombra. Me siento en el piso.
Yo también tengo hambre.
Anamnesia… ¿por qué no le pusiste Anaximandro, si querías algo insólito?
B duerme.

Más o menos, nunca tanto, mezclar un poco de aquello con lo demás como si fuera únicamente la elaboración de un casero arroz con leche, algo exclusivo, o nada.

deux-trois

Antes y después del gato, las noches en la Cinemateca con Helmut Käutner.
El curso de fotografía sólo-para-aficionados.
Los capuchinos aguados y calientes en la mesita debajo del extractor de moscas. Estremeciéndonos con cada captura, sonido y olor achicharrante incorporados. Sin cambiar de sitio. Leyendo las caras cansadas, casi-nunca-alegres, de las gentes habituales. Muriéndonos de asco. Más.
Las parejas detenidas frente al cristal, caras de-manos-cogidas buscando sitio, alguna mesa vacía para dos. El extrañamiento que siempre le recordaba el descrédito o ese asombro infantil por todo lo que se dibujara también alguna vez en su propio rostro.
Jóvenes exhibidoras de su cotidiana estupidez, una vaciedad propagada. El loco con su walkman moviendo la cabeza, o atento en la sala oscura, a la mano fugaz que se desliza por las paredes descascaradas de las escaleras de Wong Kar-Wai. Las meseras vomitando el aburrimiento dentro de las tazas. Un vómito de pena.
De inapetencia y nulidad.
Después y antes en las guaguas nocturnas, más llenas que la luna y los estómagos.
Las ventanillas abiertas, empañadas del sudor colectivo.
Quedarse viendo una gorda recostada a un muro gris, sucio. Un mínimo vestido color carne, la carne descubierta saliéndose de la poca seda ceñida.
La(s) niña(s) de trece, sus vellos de nada detrás del cuello, la espalda, los hombros huesudos. Tirantes caídos de la blusa que apisona el anticipo de las aureolas demasiado adivinables. (De mirarla te erizas, cuando queda libre el asiento que ocupas rápido, para ser directa ven, ¿no quieres sentarte arriba de mí?, y no vacila: se recuesta, su liviandad cortándote el aliento.) Los pelos sueltos de manzanilla, o las cabecitas trenzadas. Las dos nos despeinábamos con el aire en nuestras caras a la velocidad de la noche. Sus miradas perdidas dentro de los muros que aún se sostenían, de escombro en escombro, buscando algún color inexistente, algún tono vivo en apariencia.
Aprés, el día se acerca a hurtadillas como un leproso. Dice Miller. Queda ósmosis en alguna parte, algo de articulación. Una palabra.

trois

B se levanta y va a la ducha.
No cierra puertas ni corre cortinas.
El agua chorrea vaporosa, pavorosa. Por la ventana pasa una sombra apurada.
Desde el marco cuatro ojos la miramos. Tres sonrisas de hastío.
Vuelcos de estómago.
Se inclina para abrir las persianas, la bata abierta.
En la Calle hay un perro abierto en dos. Es la vida fuera del sueño. Trato de no mirar pero es tarde. Las gafas de sol me permiten más distancia, un cierto alejamiento. Cambio de acera. Las personas se confunden desde mi balcón. Mira, chiquito, esa allá arriba es mi casa. Y esa soy yo de pequeñita. Una cabeza amarilla de cuatro años, luego de -all at- once, que me sonríe histriónica.
Hubo días para no salir, para llegar a ninguna parte, para no-tener hambre o morirse de contracciones… días para pisar hormigas, recoger hojas, lavarse cara y manos en el agua amargácidulsalada de una fuente, darle arroz crudo a los pájaros más atrevidos… días para no-hacer, nada, hablar con nadie, dormir todas las horas, ponerse-no bajo la ducha, de la dicha… días bajo-ningún-concepto.
Días en los que no fue posible despertar, escribir cartas, peinarse o escuchar, nada, cualquier cosa, cucarachas debajo de las maderas, polvo cayendo sobre los libros, palomas chocando contra los cristales. Días mosquiteros.
Hubo días para no necesitar, no poner caras, no –tener-que- decir, nada, ninguna salutación o despedida que dejar escrita en un papel-sobre-la-mesa. Días para romperse, perder cosas, encontrar piedras. Días para agotarse antes-de-tiempo, irritarse-en-vano, contestar puertas ni llamadas, ni a la pluma, ni al deseo. Días para ni siquiera. Días de retroceder, caminar más, correr loma arriba.

trois
B recordó que se había dormido con el rumor del mar y las cortinas.
Siempre una prisa por dormir de nuevo, aunque despierto podía decirse que también dormía. Dormir de nuevo para perderlo todo. Más poquedad. Inanimidad. Más nada.
El silencio no era una posibilidad, para dormir. Ni la noche. El silencio era difícil imaginarlo, apenas existía como palabra. La noche sí, casi había sido más tangible. Para G. Persistentes invenciones líricas, necesarios para la creación y el sueño, no menos inciertos. Se acordó de sus propios dedos tecleando en la ventana, a la luz de las otras ventanas insomnes, en los altos de la ciudad. A la luz del reflejo de la luna, llena, en el mar despurificador.
La improvisación como acto primitivo. Obligarse a dormir para olvidarlo todo. Escribir sólo mentalmente, sin trazar huellas de seguimiento para después. Por qué temerle a ese vacío tentador, ese progreso limitante. El concepto básico –y clásico- de lo efímero: cuándo destrozar, cuándo abandonar.
Un dolor de cabeza de la resaca de tres días de cervezas y cubalibres aumentaba con las primeras luces y el tránsito allá abajo. Necesitaba un café fuerte, cortado, con canela. Se estiró, piernas y brazos. Se dedicó a esperar cualquier cosa, algún chisporroteo de una vela en el cuartico de la Santa Bárbara. Era diciembre 4, y la víspera las velas no habían durado, seguramente, de tanto temblar. Su dedo índice pegado al backspace, su mano izquierda alborotándose el pelo, restregándose un ojo, jugando con el arete, acariciando los pelos debajo del brazo, o en la boca mordiéndose una uña. Desesperando al no encontrar las palabras apropiadas para describir el murmullo de tres, dos, cuatro que se desvisten y besan, una hormiga que sube por la pared y da con otra, la foto de una sombra, cuál era su sonido. Todo eso, a qué sonaba.
Debo despertarme, no bostezar tanto, ponerme a leer alguna cosa, quedarme aquí un poco. ¿Hoy nadie vendrá a centrifugarme el cerebro?
Mantenerme despierta, cómo se hace. ¡Hola! Manchones de colores para clarificar las ideas. ¡Chiquito! La-cafeína-estimula-el-sistema-nervioso-y-activa-las-neuronas…

un

¿Y qué más?
El reverb y la sal de nitro, decía un amigo guitarrista.
La ropa de hilo, sans doute.
Leer a Bukowski en el inodoro.
Bob Dylan a media noche y media botella de whisky para dos.
¿Lo mejor, j`insiste, no me incluye?

deux

Algo. Expropiándome el mundo y haciéndote un guiño desde el otro lado del océano inevitable: otro cuartucho en Malecón: un pedazo de ventana y un –único- mar, o viceversa. Nada. Las más de las veces las olas no admitían que durmiera. Y cuando lo hacían era para soñarlas tragándose toda la vaga ciudad hasta su hálito cansado. Del otro lado de la Calle el pregoneo de pan, aguacate o girasoles me sacudían y levantaban de un tirón. Tenía que desempolvarme el alma y tirarla con el sueño por la ventana a la calle levantada ya desde hacía horas impensables, idas-sin-vueltas: el tiempo dilapidado y el ruido de los motores hasta el esófago. Todo demasiado inapropiado. Todo demasiado, ¿todo?

quatre

El espagueti se le resbala siempre de los palitos. Cosa de acostumbrarse, como las uñas del gato en la madera de las puertas, al reclamo de comida, o cuidado: creyó que el equilibrio emocional y dietético de su gato favorecería en serio al suyo propio.
A veces el ronroneo era tan alto de noche que molestaba incluso a los oídos menos sensibles, cuando no había más remedio que prestarle atención al suspenso clase C que estuvieran pasando. Ratos de convivencia familiar, -dos palabras que le daban mucho asco-, tranquilos y agradables, como las tardes nubladas frente a las tazas de té y el jazz de los `50.

Entre tanto un chiste, a-penas compartido, por nosotros y por los entendidos-no-conocidos, inventores o protagonistas: Un día Fifi, hermana de Manuel, se va a la playa con tres amigas para pasar un fin de semana, Manuel decide celebrar, entre otras cosas la ausencia de la fastidiosa casi-madre… Fifi llega antes de lo previsto y encuentra los restos de un banquete de delicias eróticas desparramado por toda la casa: un amasijo de cuerpos a lo Spencer Tunick. Visiblemente alarmada, reclama una explicación a su hermano pervertido, neurosis apenas controlada con un qué-es-esto un poco desencajado. Fifi, le dice Manuel en un gesto a la tolerancia más clara y comprensible: un motivito…

Luego se verían con Julito motivito –el motivito a votación- en las noches azoteas. Lejos del reguetón de las fiestas en el barrio. Toda época para B había sido aburrida desde siempre, desde su conocimiento mudo de una ciudad desierta, más muerta cada vez.

trois

Está en un paso peatonal cuando irrumpe el aguacero. Es tarde y la noche avanza fría.
En el lugar se aparcan taxis del casco histórico, los hombres refugiados dentro. Ella se empapa lentamente, impasible. Su pelo suelto gotea, la piel mojada refleja las luces de los autos contrarios, que alumbran el chorro de agua, violento. A veces le tocan las bocinas. Lleva puesto un vestido negro corto, escotado y llamativo. Después de unos minutos se aleja caminando. Tranquila. Se integra a la oscuridad de la Calle. Respira el aire limpio que deja la lluvia. Lejos de cesar, aumenta. No vive lejos. De tener una cámara consigo haría fotos a las vías elevadas encima de su cabeza, al tren que pasa menos silencioso que la lluvia, a la negra avenida del puerto. Va con las manos vacías.

deux

Me despierta un pedazo de techo. Una torta de yeso. No me doy cuenta enseguida porque cae como un libro, como una tabla. Todavía medio dormida me incorporo y busco los posibles espacios vacíos en las paredes. Veo todo en su sitio pero el piso está lleno de arenilla blanca y entonces descubro los trozos de piedra dispersados justo frente a mi cama, junto a la puerta que da al baño.
Hace una semana estaba a punto de desprenderse pero había resistido sin chistar todos esos días. Si mi cama hubiese estado más hacia la puerta el despertar habría sido más doloroso. Miro hacia arriba. Todo el techo parece venirse abajo, pudiera hacerlo en cualquier momento o en ninguno. Probabilidades. Vencer lo inevitable cada minuto.
Por eso cuelgo todo de las paredes y así la habitación adquiere peso, de hecho se vuelve (más) pesante. Aunque no tengo muy claro por qué, es necesario que hayan otras cosas, -muchas, dado el caso-, destinadas a caer, fuera y dentro.
El absurdo que reina en la casa viene siendo su aspecto menos disparatado.
Cuando estás aquí el contagio es irremediable. Lo sensato, irrazonable. El orden, el caos. Una lucidez pasmosa, sin dudas. Aunque a veces la ciudad es también parte de la casa, y de la cosa. Me visto con las telas más claras para salir a la Calle. Es mediodía y hace un calor de 31 grados. Apabullante, disparatado en febrero. Los días que empiezan con tales indicios anuncian roce anómalo, pero nada más pasa. Llego de nuevo. Intento llamar a B: el-móvil-que-usted-llama-está-apagado-o-fuera-del-área-de-cobertura. Aprovecho para revisar el correo. En mi boca se mezclan la leche y el queso y el pan y el tomate. Escucho a Bebel Gilberto, tanto tempo, dice la canción. Trago despacio. En el monitor se trasluce el ventanal con todo el cablerío de los postes eléctricos. Otra vez es casi de noche. Vuelvo a la Calle.

quatre

B toma nota mentalmente de algunas cosas a recordar mientras lucha por cruzar la avenida imposible y trata de meterse el pelo-más-que-enredado dentro de la boina, cuando casi consigue ambas cosas, un carro de alquiler para justo delante gracias a su aparataje de codos levantados. Niega al hombre con la cabeza y se vuelve para ver si puede llegar a la otra acera de una vez.
Las cadenas de equívocos, de cosas trabadas, de situaciones k, acostumbran a importunarla de vez en cuando, así que está preparada para llegar al teatro más que tarde y le impidan la entrada por la puerta principal, no hagan caso a su carné de prensa y la obliguen a comprar una boleta –por suerte lleva consigo también el de estudiante- al menos a mitad de precio. A punto de poder sentarse tranquila (mira el reloj y ya va media hora retrasada) y disfrutar la música, la puerta que escoge no es la correcta, la acomodadora le dice que no hay espacio, que de la vuelta y suba a la platea, bueno, piensa, arriba se escucha mejor, y cuando encuentra una butaca en el medio de una fila, las personas se hayan bajo el efecto beethoveniano y su irrupción no es bien recibida. Luego que está todo más calmado, la primera parte del concierto ha sido ejecutada y toca el intermedio, o sea, salir de nuevo, a la bulla del lobby lleno de humo.
Era preferible haberse quedado en la descarga de la escuela de pintura en C, porque casualmente la botella la dejó en B, a seis cuadras de camino y en la esquina siguiente oyó y vio saxofón y bajo entremezclados en un swing suave, el portal decorado con lamparitas chinas en un ambiente si no íntimo bastante acogedor. Reconoció a un par de amigos, teclado y cuerdas, y todavía dudosa prefirió la Séptima. Un último voto de confianza a la orquesta, que aún bajo la dirección de un prestigioso americano –un tal Rubenstein- sonaba a banda militar, trompas desafinadas incluidas, para hacer oficial el primer eslabón de su jodida suerte esa noche, que empezaba eligiendo el lugar menos indicado.

cinq

Salimos del café Fresa y Chocolate con más de cinco cervezas cada uno -luego B dijo que eran diez lo menos-, para buscar más dinero y terminar en el primer cuchitril tugurial a nuestro paso.
En la segunda cuadra desde el interior de un auto asoma una cabeza calva que nos grita. Reconozco vagamente a un antiguo amigo de la secundaria. Está mucho más gordo y veo que es el que va manejando, adentro hay dos muchachos más, desconocidos.
Enseguida estamos todos dentro, ventanillas subidas, pasándonos el porro en medio del humo y la guitarra de uno de ellos. A voz en cuello el último éxito de Gente de Zona.
Mírala, mírala cómo suda, cómo ella se desnuda, ella no sabe que a mí, se me partió la tuba…Nos vamos contagiando lentos. B me mira y no veo ninguna expresión desesperada, no veo nada, sus ojos enrojecidos me traspasan, se van a través del cristal oscuro, no quiero cuidarla. No puedo ver.

un

Déjame ver...los libros nuevos.
Hibernar debajo de las colchas.
Count Basie.
Tu cuarto a las tres de la tarde, si fuera posible aislarlo del teléfono-Calle-guaguas.
El té negro, chocolate con canela, café con leche. Vainilla.
Las pantuflas de Quito.
Milord al acordeón, Edith por las bocinas.
Ya me vas incluyendo.

cinq

Nos bajamos y era un Rápido en el Vedado. El loco de la guitarra, que era además el que había estado manejando ahora, grita en la puerta a todos que llegó la música al cementerio. El lugar está repleto a pesar de lo tarde. Yo quiero más cerveza, grito también. Nos adueñamos de la primera mesa y somos como seis. Le pregunto a B si está bien, si quiere ir al baño. Todos nos miran como intrusos pero enseguida vuelven a sus latas. Uno se acerca a la barra a pedir las cervezas y exigir a gritos que quiten la música estridente del estéreo para poner sabroso el ambiente.
Acompaño a B. La puerta del baño no cierra, y tiene un hueco grande en el medio.
Delante hay tres hombres, supongo que trabajadores del sitio. Les pido permiso por las dos. Nos dejan pasar entre risotadas y dicen algo de remuneración, de pagarles por cuidar la puerta. Alternan sus ojos entre nosotras y el grupo que se ha posesionado de una mesa doble, el de la guitarra se acaba de parar encima y canta para mi asombro una vieja canción de la trova espirituana. Su galillo es más potente que tres estéreos juntos. Herminia esas frases que vertiste, no debieran verterlas las mujeres y Herminia… Hago entrar a B y me quedo fuera tapando el hueco de la puerta. El calvo viene y me trae una cerveza, me pone en el bolsillo de la camisa dos chupachupas. De fresa, me dice, y se va de nuevo.
B empuja la puerta recogiéndose el pelo con un pellizco, y el gesto se ralentiza, se repite. En el rostro la inexpresión se vuelve más tranquila aún.
Delante de la mesa ahora un nuevo grupo de cinco o seis mujeres atraídas por la música desde afuera, se menean y hacen coro al de la guitarra. El voltaje de lo que cantan va subiendo, hasta el techo, alguien se acerca para mandar a bajar el volumen, todo el mundo está muy contento, dice y él también parece estarlo, pero arriba hay un edificio y los vecinos pueden llamar a la policía por escándalo. Nadie hace caso, lejos de disiparse las voces crecen. Mi cerveza se termina y cojo la botella de ron Legendario que tengo cerca. Aclimatarse al lado de los tipos, estos tipos, no es tan difícil, después de todo, y me doy un buche largo. Le paso la botella a B, que la rechaza sin mirarme, divertida y a la vez enajenada.

trois-deux

Se teje y desteje las trenzas en un hacer-deshacer hipnótico. La camisa está manchada de pasta dental seca. Unas crayolas se dispersan arriba de la cama.
Para llegar a lo absurdo, en medio de la muerte y la rutina reservadas para una cuidad desmantelada, es preciso matar toda sensibilidad.
La sensibilidad es la esperanza.
Alcanzando esta suerte de ausencia del dolor, odiaremos el destino histórico (y la muerte) escribe B con una crayola verde en la pared encima de la cama. Tira el libro de donde copia al piso, se acuesta bocabajo. La habitación está en la semipenumbra roja de una lamparita Persistir en la idea de tristeza absoluta es crónico. Cuánta esterilidad. Esta extrañeza la sienten todos, mientras que el sufrimiento absurdo es individual. Piensa. Mi cuerpo-pecera, cuerpo-pereza consumiéndose en interminable, improductiva espera de vistas de atardeceres de tu barrio, rojo malva desparramándose en los ojos todavía húmedos, todo el intenso azul devenido en noche prematura.


El crepitar lento de una botella estrellada en la acera.
Ahora.
Manos y brazos y pelos cubren ahora los oídos.
Encontrar un rincón.
Escabullirse por alguna rendija.
Descabellarse.
Tratar idiotamente de no caer ante el espanto mudo de tanto ruido.
Ruido.
El timbre del teléfono.
Concentrarse en la cabeza.
Suprimir por escasos fragmentos de segundos ese timbre ininterrumpido, monótono, incansable, que nadie, nadie, nadie va a atender.

Permanece todavía más de dos horas tendida bocabajo.
Ignorando un poco toda la aborrecible bulla alrededor suyo, que le indica que ya pasan de las dos de una tarde gris que la acogerá como si acabara de amanecer para sus ojos acostumbrados a las sombras sólo perturbadas por las innumerables rendijas de ruido y luz de las ventanas-puertas completamente clausuradas.
La voz ronca y rajada de una cantante olvidada de los setenta la despereza un poco mientras piensa que sí: es tiempo de verano y afuera está todo nublado, casi como adentro: tanto o más, y el viento llora a Mary, o es ella quien llora, no sabe bien.
Permanece aún enredada en la sábana manchada y rota.
Se deja engatusar otro poco por la pereza, en la desesperanza, no triste, no nada, vacía y ligera.
Mantiene los ojos cerrados y por los oídos abiertos atraviesa la música. I say baby baby, you know I wanna live you, demasiado alta como para alcanzar la dulce somnolencia de nuevo, tarde ya para lograr franquear el pasillo nebuloso del sueño pesado.
Habrá que levantarse de un salto de gata entonces.
Se sacude del cuerpo las más de doce horas de inmovilidad crítica física, reducida a apenas un metro ochenta por setenta y cinco centímetros.
Mira al techo imitando un suspiro de puro desgano para estirar los tendones contraídos, y traquear el cuello adolorido, lo deja caer de lado a lado y luego lo mueve en círculos lentamente, para echar un vistazo aburrido también a las paredes.
Le fastidia tener que abandonar ese pequeño espacio mullido y la acogedora oscuridad, casi protectora del lugar, para salir a alimentar su despertada ansiedad con cuanta cosa más o menos comestible se tropiece allá afuera.
Y así terminar lo que resta de esta otra tarde leyendo y engordando y escuchando el teléfono sonar impasible, salvada por sus rayados discos. My only friend, the end, en la voz segura de un muchacho muerto. Y así, matando las horas últimas frente a la pantalla de la sala, donde se agita un mar de banderitas delirantes frente a un mar picado y negro. Vidas marchando como si. Noche. Cama. Noche.
Así días enteros. Tardes-noches desperdiciadas en el vacío inhóspito de horas muertas.